"El Pintor"
El hombre abre el día sudado y roto. Hunde el cuello en el rito del agua y se comprueba a sí mismo en un espejo. El mundo desaparece fuera y solo le envía datos de mediodía, reseñas de gente, olores de calles que han perdido su beatitud. Lejos quedan las mujeres, los astros y las fábricas. El hombre sacude su trasparencia y va y hurga entre cajones de miedo y vegetales de asombro. Un animal blanco le espera. Un monstruo henchido de preguntas: ¿qué harás?, ¿qué sangre correrá por mi lomo?, ¿dónde acabará la lengua de tu ego? Entonces el hombre se untará en aceites y lanzará un aullido. En un cuenco, casi ceremonial, mojará sus brazos. Entrará a saco en la masacre del lienzo para enmendarle las aristas, rodarán en el suelo humedades rojas y verdes y amarillas. En el rostro del lienzo reunidos, por un lado la velocidad del gesto, por el otro el hombre abierto en pupilas sucesivas. Un solo a solas con su cuadro, Es tarde. La ciudad transpira sus borracheras y el hombre sigue allí, de pie frente a su hijo, acuchillando al color y matando a la forma. El silencio pasa como un asesino y la edad del pintor ya duele. La espalda es un arpa herrumbrada y los ojos lámparas sin aceite. Le duele la memoria y el sexo pero él sigue auscultando la gravedad de la noche. El lienzo cansado, se rebela. El rojo grita y demanda grises, el verde denuncia proximidades de negro. Cuántas veces, tendido ya el amanecer en la ventana, el hombre despertará inmenso y confundido. El lienzo lo habrá vaciado. El mundo ahora ocurre en el cuadro.Todo lo importante de la vida se reduce a un manojo de rayas. Fuera la calle muere de cansancio. Una mujer le llama al amor, pero el hombre solo quiere copular con su silencio. El monstruo blanco ha sido domado. Lavado del ansia por la cópula reciente, ya limpio, nada le queda por decir o por hacer. Puede morir, puede mendigar, puede robar. Su cuadro, su hijo, le salva.
Cristina Bergoglio ©
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